Tenemos que salvar los últimos navazos de Sanlúcar de Barrameda

Navazo cultivado por Perico y ahora por su hija Mari

El navazo de Perico, situado cerca del fuerte de San Salvador, es de los pocos que siguen funcionando gracias a Mari, que aprendió los secretos de la huerta de su padre Perico.

Por lo general, la expansión urbanística no suele respetar ni el patrimonio etnográfico ni el monumental de nuestras ciudades, y así ha ocurrido con los navazos en Sanlúcar de Barrameda. Desde nuestra asociación, pedimos a las autoridades responsables de la conservación del patrimonio, tanto locales como autonómicas o estatales, que los últimos navazos que se encuentran en la margen izquierda de la desembocadura del río Guadalquivir sean declarados Patrimonio Agrícola o Bien de Interés Cultural (BIC).

El siguiente artículo de Francisco Carrasco lo publicamos en nuestro boletín informativo “La Voz de los Jardines” (nº 5) en el mes de noviembre de 1996:

EL NAVAZO DE SALÚCAR DE BARRAMEDA

UN LEGADO DE LOS  ÁRABES QUE NO DEBE PERDERSE

Desde tiempos inmemoriales, los campesinos de Sanlúcar observaron que debajo de la arena acumulada en las algaidas, dunas o médanos por el impulso del viento que procede del mar, había una capa de agua a una profundidad de entre cuatro y ocho metros. Esta agua se había filtrado del mar y por tanto era salada, pero ellos vieron que en su superficie flotaba una capa de agua dulce que procedía de las lluvias filtradas en el suelo de la campiña y que se perdería en el mar. Esta capa de agua dulce la aprovecharían ellos para regar.

Con la tenacidad propia de los campesinos andaluces y con la sola ayuda de azadas, palas y burros con albarda y serón, cavaron el navazo, dándole la forma de un tronco de pirámide invertida, hasta que el fondo quedo a una altura de 40 a 50 cm de la lámina de agua dulce. En ese momento, buscando el centro de esa base, excavaron un pozo rectangular, el tollo, de un metro de lado y una profundidad de un metro. La arena que habían sacado la extendieron en los alrededores. Para que los taludes no se corrieran, plantaron cañas, chumberas, vides, yucas, etc.

Como la arena del navazo era totalmente estéril, necesitaban añadirle materia orgánica. Las casas del Barrio Alto de Sanlúcar aún no tenían alcantarillado y acumulaban las heces fecales en los llamados pozos negros o ciegos. Cuando se llenaban, había que vaciarlos y los agricultores de los navazos gratuitamente lo hacían, llenando unos cántaros sin cuello (boquines) que tapaban con pastos y que cargaban en unos carros especiales cuya plataforma tenía forma de retícula, en cuyos huecos se metían los cántaros con las heces fecales. En cada carro cabían de 40 a 50 cántaros de una arroba (16 litros) cada uno. Esta mercancía iba a hacer en el navazo el milagro de convertir en fértil la arena estéril. Los cántaros se vaciaban en unos recipientes, que podían ser artesas o medios bidones, y se mezclaban con arena; con esta mezcla se hacían unas bolas que se colocaban en el suelo a ras de tierra, poniendo sobre ellas las semillas (de calabaza, pepino, melón, sandía, etc.) o las plantitas traídas del semillero (cebollas, tomates, pimientos, ajos, etc.).

Con una jarra de trasegar sacaban el agua con suavidad para que no se mezclase con la salada y golpe a golpe regaban la siembra para que las plantas naciesen, arraigasen y al cabo de algún tiempo tomasen contacto con el agua freática y ya no necesitasen el riego.

El resto de las faenas que tenían que hacer eran las mismas que las de cualquier otro agricultor, menos el riego, que podemos decir que era automático.

Actualmente algunos han querido modernizar el navazo y han colocado motobombas, que al succionar el agua forman remolinos mezclando las dos aguas, teniendo que abandonar el riego hasta el año siguiente, que las lluvias manden agua dulce hacia el mar.

A pesar de todos los cuidados, cuando llega el invierno los vientos llevan arena al navazo y tienen que volver a sacarla.

Hoy, que tanto se habla del cultivo ecológico, no puede permitirse que se pierda esa riqueza que los árabes nos legaron. Habrán cambiado los sistemas sanitarios, desapareciendo los pozos ciegos, pero los residuos urbanos ofrecen materia orgánica que sustituye a la de aquellos.

Francisco Carrasco

Noviembre de 1996

Artículo publicado en la Voz de los Jardines Nº 5 de noviembre de 1996

Este ártículo lo publicamos en el nº 5 de “La Voz de los Jardines”, en noviembre de 1996.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: