El baobab

El baobab

El baobab.

Quizás el árbol que mejor ha sabido adaptarse a los cambios climáticos a través de los tiempos sea el baobab. Tanto es así, que en esta etapa evolutiva de su existencia se podría decir que los baobabs se han convertido en esculturas vivientes. El significado de su nombre tiene varias interpretaciones; en la lengua indígena subsahariana quiere decir ‘árbol anciano o milenario’. En Sevilla, en el vivero de nuestra asociación, cuidamos un baobab durante dos años, pero una prolongada helada de enero lo marchitó. Actualmente se desarrollan en él varios ejemplares, y albergamos la esperanza de poderlos plantar en las rotondas o plazas de alguna ciudad de la costa andaluza. El nombre científico del baobab es Adansonia digitata L. y pertenece a la familia de las Bombáceas. Es originario de la zona semiárida del centro de África y suele desarrollarse por todas las sabanas, tanto del hemisferio septentrional como del sur del ecuador.  Este árbol es sumamente respetado por los nativos: en el Senegal es considerado un árbol sagrado. En los primeros años de vida, su crecimiento es lento, y luego se desarrolla rápidamente hasta superar los 15 metros de altura. El baobab es un árbol muy longevo; uno de los ejemplares más antiguos se encuentra en Segole, en la provincia sudafricana de Limpopo, y, aunque no está probado científicamente, se calcula que tiene más de tres milenios de edad. Su copa es redondeada, poco densa, formada por escasas ramas separadas; desde lejos, da la impresión de que le han dado la vuelta al árbol y que las ramas serían las raíces. Su tronco es enorme, puede superar los 10 metros de diámetro, y se suele hinchar de forma irregular; en ocasiones, toma el aspecto de una botella. Su madera, sin cercos anuales, es semejante a una esponja, y es capaz de almacenar 90.000 litros de agua para así poder sobrevivir durante los largos periodos de sequía. A su corteza, que es de color grisáceo, con el paso del tiempo le salen nudos e irregularidades superficiales; contiene una fibra muy resistente que la protege de los incendios.

Las hojas del baobab, caducas, miden unos 12 cm de ancho, y suelen brotar en los extremos de las ramas en la época de lluvias, en disposición alterna. Cuando el árbol es joven, las hojas son simples, pero a medida que va madurando sus hojas se transforman en compuestas y llegan a estar formadas por entre 5 y 7 folíolos con los bordes enteros, que emergen del mismo pecíolo en círculo.

Sus flores son hermafroditas y miden unos 10 cm; la floración tiene lugar en la estación del verano y brotan solitarias y colgantes de las ramas, solamente sujetas por largos pedúnculos; al cabo de poco tiempo, los pétalos se doblan hacia fuera, cerrándose sobre sí mismos y dejando ver las anteras purpúreas de los numerosos estambres. El hecho de que las flores sean de color blanquecino, desprendan un olor a levadura y abran sus pétalos al anochecer, es una estrategia del baobab para ser fácilmente visible en la oscuridad por los pequeños murciélagos que realizarán el trabajo de polinizar sus flores.

Sus frutos, de forma ovalada, son parecidos a melones de piel leñosa; pueden medir hasta 30 cm y pesan varios kilos. Su pulpa es de consistencia variable, como carnosa, de sabor ácido, y los nativos la suelen tostar o moler para elaborar una bebida refrescante semejante a la limonada. El baobab fructifica en la época de sequía. El interior del fruto contiene numerosas  semillas de color marrón oscuro de un centímetro de longitud y de forma arriñonada.

la flor del baobab

La flor del baobab.

Detalle de la corteza del baobab

Detalle de la corteza del baobab.

Así germinan las semillas del baobab

Así germinan las semillas del baobab.

El gigantesco baobab de Segole (Sudáfrica)

El gigantesco baobab de Segole (Sudáfrica).

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