Archive for abril, 2018

abril 28, 2018

Comida de convivencia: cascote andaluz

Las cocineras, a la espera de echarle el arroz al cascote andaluz.

Quisimos finalizar el mes abril con una comida de convivencia, y en esta ocasión, varios miembros de la vocalía “Los de San Bernardo” prepararon un potaje andaluz con todos sus avíos y un picadillo con atún, a los que añadieron pan, cerveza, tinto, naranja, pasteles y café con leche. Todo nos salió por cinco euros por comensal. Solo destacó el buen ambiente y, sobre todo, la predisposición a colaborar de todos los socios para conseguir la armonía.

Las niñas de San Bernardo, antes de preparar las mesas.

Degustando el cascote…

La armonía.

 

 

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abril 26, 2018

Una tarde en el Consulado de Colombia

Artistas colombianos residentes en nuestro país dan un recital de boleros para los sevillanos.

La señora Lucía Madriñán, cónsul de la República de Colombia en Sevilla, está realizando una labor encomiable en nuestra ciudad. Por una parte, ha abierto las puertas del Pabellón de Colombia de la Exposición Iberoamericana de 1929 a los sevillanos que lo quieran visitar, y por otra, está llevando a cabo un magnífico programa de actividades culturales con el fin de dar a conocer su hermoso país.

Ayer, 26 de abril, nos invitó a un recital de boleros, interpretado por unos emigrantes colombianos que residen en nuestra ciudad, quienes, a través de sus canciones, supieron transmitirnos toda la nostalgia que sienten por su lejana patria.

Los asistentes, embelesados con las letras y la interpretación de los artistas colombianos.

Nuestros socios con los artistas colombianos.

abril 13, 2018

Aquilino Duque en el homenaje que recibió en el Ateneo de Sevilla

Aquilino Duque en la calle Betis de Triana, junto la casa donde nació.

Aquilino  Duque nos ha acompañado en numerosas actividades medioambientales que ha realizado nuestra asociación, la última en el Jardín Botánico El Carambolo.

He aquí su intervención en el homenaje que ha recibido en el Ateneo de Sevilla.

LA DESCENTRALIZACIÓN DE LA CULTURA

En las postrimerías del régimen anterior, cuando yo vivía en Roma, ya se agitaban los demonios familiares de la nación española, y tuve ocasión de escribir que la descentralización era una necesidad y el separatismo una necedad. No recuerdo si esto lo publiqué en Madrid o en  Barcelona, aunque me parece más verosímil lo primero, ya que en la gran revista barcelonesa Destino no se cortaban a la hora de “editarme”, como dicen los hipócritas de los anglosajones, frases que apuntaban al mismo fin como, por ejemplo: “No hagamos la andaluzada de caer en la catalanada que es la forma peor de la españolada.”  A lo que voy es que, aunque mis colaboraciones fueran a parar con preferencia a los dos polos culturales de la España de entonces, yo tenía el firme propósito, que la concesión del Premio Nacional de Literatura me ayudó a poner en práctica, de repatriarme, pero no a cualquiera de aquellas dos grandes ciudades donde un aspirante a escritor podía y solía hacer carrera, sino a mi ciudad natal, pues estimaba que así contribuía además a la descentralización de la cultura.  Uno de los efectos secundarios de aquel Premio Nacional fue el de que la Universidad me diera un puestecito en su Servicio de Publicaciones, como asesor literario de su Colección de Bolsillo.  Mi mayor afán fue, no sólo rescatar y destacar lo más valioso de la ciudad y la región en el cultivo de la literatura, sino de situarlo en el marco de la literatura española y de ser posible de la literatura hispánica.  Así, cuando la Colección de Bolsillo convocó un concurso para un premio de ensayo, yo insistí que  figurasen  en el jurado dos críticos nacionales a quienes conocía bien: José Luis Cano, por Madrid; y Juan Ramón Masoliver, por Barcelona.

El día que llegó José Luis Cano fui a esperarlo al aeropuerto de San Pablo, donde también  lo esperaban dos jóvenes, a quienes hice subir al auto y deposité en La Pasarela.  Estos dos jóvenes eran Abelardo Linares y Fernando Ortiz.  No tardaría mucho en comprobar que ellos, mucho más jóvenes que yo, compartían lo esencial de mi idea. Ambos habían vuelto de Madrid, uno sin concluir sus estudios universitarios y otro mediante traslado administrativo de los medios de difusión en que era funcionario de plantilla.  Muy unidos en aquellos días, habían dedicado un espléndido libro de homenaje al poeta valenciano Juan Gil Albert, repatriado de Méjico en la primera mitad de los años 50.  Muchas cosas nos separaban, además de la edad; en primer lugar los dos eran bibliófilos compulsivos y además no ocultaban su entusiasmo juvenil por el nuevo orden de cosas que se inauguraba con el cambio de régimen.  Yo nada sabía de ellos hasta entonces. Ellos en cambio me seguían en mis artículos de Destino y de La Estafeta Literaria en los que, a pesar de la censura, no la del Régimen, sino la mucho más cercana y eficaz de los directores y consejos de redacción de estas revistas, yo me batía ya con la encefalitis de las ideologías que se estaban imponiendo en el último tranco del Régimen.  Ya aludí a los recortes y rechazos barceloneses, pero también mis amigos madrileños me rechazaron en La Estafeta Literaria, vinculada al Ateneo y al Ministerio de Información y Turismo, un artículo sobre el Orwell de Rebelión en la granja titulado Sub specie porcina y que luego recogería en mi libro La idiotez de la inteligencia.  Aun así, como mi campo era el de la cultura, pude en él expresarme aun a riesgo de alarmar a muchos lectores que me seguían desde los tiempos en que yo no parecía tan reaccionario.  La frase  censurada en Destino era el epifonema por así decir de mi réplica a un artículo de un andalucismo furibundo perpetrado al alimón por dos amigos míos, el inefable José Luis Ortiz de Lanzagorta y el jesuita Carlos Muñiz Romero, en el que se decía entre otras lindezas que los andaluces teníamos que hacer como los negros americanos con sus barrios: pegarles fuego para que Madrid se enterara y atendiera nuestras reivindicaciones.

Nada de esto me arredraba en mis propósitos de volver a España, pero también sabía muy bien lo que me esperaba. Aun así, no dejé de llevarme sorpresas. La primera, que las personas que me acogieron en la Universidad, las autoridades académicas de entonces, que creían vivir en el mejor de los mundos, no compartían mis temores por las convulsiones que se avecinaban; la segunda, que se me acercara con interés y simpatía gente más joven que en esas convulsiones cifraban grandes esperanzas.

Me importa muy mucho destacar que esta gente joven que se me acercaba no tenía nada que ver con la turbamulta de plumíferos que se hacían la ilusión de que camparían a sus anchas en la nueva autonomía sin tener que revalidar su alternativa en Madrid, como los toreros.  Esto lo pude comprobar en el  congreso nacional de poesía celebrado en 1979 en Almería al que me arrastró Fernando Ortiz, en el que rapsodas, copleros y versificadores para andar por casa exigían en sus parlamentos  que las flamantes instituciones autonómicas les prestaran el apoyo y la promoción que les había negado el centralismo.  Yo nunca había estado en los congresos de poesía del régimen anterior, que sólo conocía de referencias, así que no podía comparar, pero si aquello se parecía a algo debía de ser al célebre Congreso de Intelectuales Antifascistas del 37 en Valencia, en el que tampoco estuve pero del que había leído bastante.  Este Congreso de Almería se hallaba bajo el patrocinio de S. M. la reina, y en el banquete final, a la hora de los discursos, estuve tentado de hacer lo que en mis tiempos de estudiante se hacía en Inglaterra, a saber, golpear un vaso con un cuchillo, ponerse de pie con una copa en la mano y decir: Gentlemen, the Queen!  Habría sido una imprudencia temeraria.

El volumen de homenaje a Gil Albert fue el número 1 de la revista Calle del Aire, y no faltó quien reprochara a Linares y Ortiz que el primer poeta al que homenajeaban no fuera sevillano, sino valenciano.  Poco después, iniciaban una colección de poesía con el mismo título, y Fernando me pidió que la encabezara yo. Le di el libro de poesía inédito posiblemente más explícito ideológicamente de todos los míos hasta la fecha, titulado en homenaje a Lorca Aire de Roma andaluza y con una cita, en homenaje a Antonio Machado, de su célebre comentario El regionalismo de Juan de Mairena. Fernando sabía muy bien, y me lo dijo, que si la colección se iniciaba con el libro que yo le di, su fracaso estaba garantizado, y él se dio traza y modo de conseguir de doña Carmen Balcells la autorización para publicar un panfleto de Alberti titulado Los cinco destacagados, integrado por cinco defecaciones líricas sobre otros tantos dictadores americanos puestos en el ojo con el que Evita Perón miraba según Foxá la España que vino a visitar.

Los dos primeros números de la colección, a saber, el de Alberti y el mío, salieron casi simultáneamente y, como quiera que yo tenía que ir a Roma, me llevé ejemplares de ambos para la librería española La Sorgente, en la via Monserrato, regentada por unas religiosas amigas de Rafael, vecino suyo en sus primeros años romanos, y a las que alude como “monjas disfrazadas” en su Roma, peligro para caminantes. También yo me hice amigo de ellas, como parroquiano que fui de la librería en aquellos años.  En el ejemplar del de Alberti, metí un soneto satírico alusivo al librito, que decía lo siguiente:

De ésta, maestro, te has destacagado.

Has obrado, y has hecho un monumento;

obra, que al obrar tú, cobra incremento,

por ser, como es, materia de excusado.

Obra de dictador es excremento,

y eres su obrero al amasar lo obrado.

De eso sabes lo tuyo, que les ha dado

a Stalin más de buen baño de asiento.

 Obra otra vez, maestro, con más tino,

pues es sabido que la cosa obrada

chorrea sobre sí si se hace el pino.

 No sé si has reparado, camarada,

en que al obrar decúbito supino

recae sobre ti la morterada.

 

Este soneto, del que metí una copia en cada ejemplar, debió de circular por la Urbe, porque no tardé en verlo aludido tan indignada como veladamente en una tercera de ABC por Terenci Moix.

El número 2, o sea el mío, se presentó en Sevilla en la librería Padilla, sita en la calle Laraña, y presidió el acto Alfonso Lazo en nombre de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, que subvencionaba la colección.  El texto, con el título de Aire de Roma en la calle del Aire, intenté en vano publicarlo en el flamante periódico madrileño EL País. Creo que vale la pena reproducirlo.

Hay poetas que escriben para todos y poetas que escriben para ellos solos. Hay poetas, como nuestro Otero, que hablan para una inmensa mayoría, y otros, como Horacio, no menos nuestro, que odian al vulgo profano.  Aunque a mí el vulgo no me inspira odio, sino compasión, prefiero contarme entre las filas de Horacio, por más que de la grey de Epicuro me tenga a una prudente distancia, no por Epicuro, sino por la grey. El punto de partida de la poesía es, para mí, un ensimismamiento; el poeta está situado en su torre, que no tiene porqué ser de marfil – puede ser muy bien de cal y canto – y allí ·divinamente solo – como dice Cernuda – sube su canto puro a las estrellas”.  Pero a veces la vida le tienta con sus verdes racimos y hace sus salidas y expediciones que por unos momentos o unas horas le hacen perder su divina soledad, y en cuyo curso descubre que el canto que creyó destinado exclusivamente a las estrellas ha sido escuchado también por los hombres, por algunos hombres. Aunque esa torre de Dios que es el poeta se justifique por sí misma, es grato comprobar que esas expediciones o salidas del poeta de su celeste pararrayos también tienen su justificación o su compensación. Por muy ensimismado o solipsista que sea el poeta, siempre piensa en el prójimo, si no a la hora de escribir, a la hora de publicar.  Yo debo decir, y ahí está mi obra buena o mala para probarlo, que siempre he pensado en el prójimo más de lo que el prójimo ha pensado en mí; no soy en esto ninguna excepción entre los poetas de un país donde los que escribimos poesía superamos numéricamente a los que la leen.

En vísperas de una campaña electoral, el delegado de uno de los partidos en liza me propuso figurar en su lista de candidatos.  Dije que no por varias razones, una de ellas puramente aritmética. A juzgar por las liquidaciones de mis libros, a mí no me leen en España arriba de tres mil personas, o cuatro mil, tirando muy por lo alto e incluyendo a los que me lean de gorra, arriba de tres mil personas, o cuatro mil, tirando muy por lo alto e incluyendo a los que me lean de gorra.  Y si esos son mis lectores, no muchos más serían mis electores. Ya sé que algo de esto podría haberlo pensado don Manuel Azaña que, como avisaba Unamuno, era también un escritor sin lectores. Sin embargo de ello, Azaña, lo que son las cosas, cosechó con la política los sufragios que le había negado la literatura. No caeré yo ciertamente en la tentación de Azaña, pues prefiero estar solo entre pocos lectores que mal acompañado entre muchos electores. No vea pues España en mí un peligro público, pero no me niegue el derecho a reflexionar sobre sus hábitos de lectura y de hacer llegar mis reflexiones a los tres o cuatro mil conciudadanos que me hacen el honor de leerme.

     Tal vez exagere al llamar “conciudadanos” a esos tres o cuatro mil lectores de habla española, pues algunos de ellos deben de ser naturales de las repúblicas de Ultramar; los que sí exageran son los editores sevillanos de este mi último libro de versos al calcular que, en Sevilla sólo, me van a leer unas quinientas almas.  No es que en España se lea mucho, pero en Andalucía se lee mucho menos.  En un pasado más o menos próximo cabía achacar este fenómeno al pertinaz analfabetismo, pero ahora que ese analfabetismo ha desaparecido virtualmente al venir el espíritu de la Democracia sobre el sagrado colegio apostólico, vemos que lo único pertinaz de nuestro pueblo es el horror al libro.  A mi modo de ver, este horror al libro no es más que una variante del clásico horror al árbol; quien odia al árbol como aquí se le odia, no tiene más remedio que odiar sus hojas, máxime si están impresas, u odiar sus frutos, máxime si están encuadernados.  Por eso, del mismo modo que hago mía la máxima evangélica de que hay que ir al árbol por sus frutos, sostengo que la cultura es ante todo una cuestión de arboricultura.

    Sevilla es una ciudad donde siempre han tenido más suerte las macetas que los árboles, pues por algo somos españoles y lo que es de todos nos importa un rábano.  De esto cabe inferir  que, invirtiendo los términos, como la poesía nos importa un rábano, debe de ser cosa de todos.  Así será, pero la segunda parte es que lo que es de todos, es porque no lo quiere nadie.

    Convencido de que nadie quiere mis versos, no tenía intención de seguir publicando, y si he vuelto a hacerlo ha sido, no “a requerimiento de los amigos”, como se dice ritualmente, sino a requerimiento de un amigo que se llama Fernando Ortiz y es además un espléndido poeta que out of thin air, como diría Shakespeare, de sire fino, ha abierto una calle en el aire de Sevilla.  Por esa calle del aire quiso Fernando Ortiz que fuera yo el primero en pasar, aunque luego, habida cuenta de la polución ambiente, resolvimos de mutuo acuerdo que era mejor que me precediera un poeta de más peso, que en efectó pasó, pero en cuclillas.

     La calle del Aire de Sevilla desemboca en las columnas truncas de un templo romano, y por eso de la poesía de Cernuda, que vivió en ella, decía Romero Murube que nacía de una grieta de aire y unos mármoles clásicos. Allí, en una primavera delgada, debió Cernuda de encontrarle al aire su perfil y quién sabe si al pasar por ella y salir a la calle Mármoles encontró Lorca aquella maravillosa imagen – Aire de Roma andaluza – que dora la cabeza de la Hispania romana en la portada de mi libro.

    Nunca me ha convencido del todo el dicho de Hölderlin ¿Para qué poetas en tiempo de miseria?, y no me ha convencido porque para el poeta todos los tiempos son míseros, y lo son, porque los tiempos históricos transcurren en olor de multitudes mientras el tiempo del poeta discurre por una cresta egregia donde se ve todo antes, más lejos y más claro.  Desde esa elevación divisa el poeta, entre otras cosas, el infinito en que se juntan las irreconciliables paralelas del presente.  Tal vez los tiempos más míseros de todos sean aquellos que Ortega llama disyuntivos o polémicos, en los que el vulgo sigue por esas paralelas irreconciliables a quienes, como dice el Evangelio de San Marcos, creen, suponen o imaginan mandar a los pueblos.  Precisamente en estos tiempos es cuando más falta hacen los poetas, pero no los poetas que se igualan a cero, sino los poetas que tienden al infinito.

Una de las muchas iniciativas de Fernando Ortiz fue la de hacerme un homenaje con motivo de mi ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, homenaje a los que se sumaron antiguos amigos como Bernardo Víctor Carande, que ofreció el acto, y otros muchos entre los que quiero mencionar muy en especial a la familia de José de las Cuevas, con éste a su cabeza. Lo que dije en  tal ocasión describe mejor que ninguna evocación de memoria, cómo reaccionó al estado de cosas de la patria y la ciudad alguien como yo que se consideraba “peregrino en su patria y profeta en su tierra”.

Cuando yo vivía en el extranjero y venía por Sevilla, cosa que siempre hacía al menos una vez al año, como quien cumple con la Santa Madre Iglesia, mi llegada era, para mis paisanos cultos, un pequeño acontecimiento; para mí, una gran fiesta. Los periódicos se apresuraban a entrevistarme; las emisoras me dedicaban sus tertulias, y los intelectuales de la plaza me organizaban almuerzos de confraternización.  Yo nunca tuve quejas de Sevilla. Siendo como es una ciudad donde el vicio de leer es más bien venial, ha tenido repetidamente la fineza de recompensar mis trabajos en el campo de la amena literatura. En tiempos ya remotos me premió el Excmo. Ayuntamiento; más tarde me premiaría la Excma. Diputación y, cuando por fin resolvía poner término a mi residencia en otras tierras, me dio un empleo la Universidad.

Me figuro que por entonces, más que por mí, se me festejaba por mi circunstancia. Yo que era, durante casi todo el año, un sevillano en Roma, venía a ser durante unos días un romano en Sevilla. Estoy seguro de que si en aquel tiempo me presento en la Macarena diciendo, como San Pablo, civis romanus sum, me hacen por lo menos decurión de su célebre centuria.

De todos modos, a los pocos meses de mi regreso definitivo, o cuasi, de la Urbe, era nombrado por la emisora de Radio Sevilla sevillano del año por el renglón de literatura, y no mucho después, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras se manifestaba dispuesta a elegirme individuo de número.

Queda, pues, demostrado que, aunque quisiera, no podría tener quejas de Sevilla, lo cual no quiere decir que Sevilla no las tenga, o las haya tenido, de mí.  En estos años de repatriación de intelectuales se ha podido comprobar en España que a muchos les favorecía la distancia; quedaban más bonitos vistos de lejos.  Si esto les ha pasado a los intelectuales que volvieron aprovechando la marea política, no veo por qué no había de pasarme a mí, que volví contra corriente. Mi presencia en Sevilla no era ya la del peregrino en su patria, sino la del profeta en su tierra. A esto hay que agregar el retroceso de la convivencia ciudadana a un estado de radicales animosidades políticas implantado en nombre – ¡oh, paradoja!- de la “reconciliación nacional”.  En tales circunstancias era inevitable ser profeta, y yo lo fui por dos razones, una, esencial, la de ser poeta, ser vate, cuyo oficio es hacer vaticinios; otra, accidental, la de haber vivido en Italia, donde había presenciado con todo detalle el lamentable proceso que una clase política sin imaginación se disponía a imitar puntualmente en España. Ser poeta es fácil cuando se viene del futuro; del futuro decía venir el profeta Solyenitsin en aquella aparición televisiva que tanto revuelo de plumas levantó en nuestro averío intelectual; pero el futuro del que venía él, y contra el que ponía en guardia a los españoles, era el futuro perfecto de la democracia real, mientras que el futuro del que yo venía era nada más que el futuro imperfecto de la democracia formal.

La Sevilla leyente y escribiente, que había acudido como un solo hombre – o una sola mujer – a la presentación de un libro mío a poco de volver yo a ella, fue dejando de asistir a ocasiones semejantes; los periódicos que antes me pedían que hablara sobre lo que pensaba escribir, no se dignaban ahora reseñar lo que había efectivamente escrito; la Universidad, por último, resolvía suspenderme de sueldo, aunque no de empleo, para que de empleo me suspendiera yo mismo, “a petición propia”, según la fórmula que edulcoró los ceses políticos y administrativos en los primeros pasos de la llamada Transición.  Uno de los personajes dramáticos de más fuerza en el teatro de García Lorca es el de Pepe el Romano de La casa de Bernarda Alba, y esa fuerza le viene de que no aparece en toda la obra. Algo de eso es lo que a mí me pasaba en Sevilla. Yo fui el Pepe el Romano mientras estaba en Roma, pero así que se me ocurrió aparecer en escena, dejé de ser un señor que venía de Roma y pasé a ser un tío que paraba en Bormujos.

Es evidente que Sevilla tenía quejas de mí aunque, repito, yo no las tuviera de ella. Esas quejas que Sevilla pudiera tener de mí, probablemente las tenía el resto de España, o al menos aquella parte de España que tiene noticia de los españoles que nos dedicamos a escribir. Un pueblo que se hace ilusiones no tolera los aguafiestas, pero los que menos los toleran de todos son los que piensan medrar a costa de las ilusiones del pueblo. Ilusionar al pueblo es legítimo, siempre que se haga de buena fe, pero la clase de ilusiones a las que siempre me opuse, me opongo y me opondré son aquellas que sólo fomentan la mala fe o la ignorancia. Algunos se han escandalizado porque he dicho que nuestros políticos son unos ignorantes, y aquí se ve que lo que hecho es aplicarles el beneficio de la duda.  El pueblo, en cambio, ya sabe tanto como yo sabía en 1975, y cada vez va a ser más difícil la tarea de los que viven de engañarlo.

     Los reyes de armas de ahora deben de andar cavilosos a la hora de diseñar los escudos de algunos nuevos títulos nobiliarios, pues los nombres de los ennoblecidos no son como para estimular la imaginación. Yo les sugeriría que aprovechen la coyuntura y enriquezcan la fauna heráldica, no con un animal fantástico como el basilisco o el unicornio, o aristocrático como el águila o el león, sino con un bicho más corriente como, por ejemplo, el camaleón, que es una especie de basilisco para pobres.  El camaleón es un animal igualitario por excelencia, pues, como el ladrón, piensa que todos son de su condición y, claro, algunos de estos camaleones me tomaron a mí por otro camaleón más, pero no de los que cambian de color, sino de los que se alimentan de aire.

     Mi primera tentación fue coger carretera y manta y quedarme en el extranjero más tiempo del que suelo estar habitualmente; la segunda, la de editarme mis propios escritos.  En esto tuve presente dos polos de referencia, alejados entre sí en el espacio y en el tiempo.  Uno de ellos, el más remoto, el de Karl Kraus que, en desacuerdo con las páginas culturales de los grandes diarios vieneses, sacó un periódico, Die Fackel,  que se escribía él solo de la cruz a la fecha.  El otro, el más próximo, el de Bernardo Víctor Carande con su Boletín de información personal de un hombre que vive en el campo. A imitación suya, yo pensé publicar a mi vez un Boletín de información personal de un hombre que vive en Europa, y el que hasta ahora aún no la haya hecho no quiere decir que no lo haga algún día.

     Si no he sucumbido a estas tentaciones es porque, después de todo, ni Sevilla ni España me han dejado.  Según el pueblo español, o aquella parte de él que lee, ha ido llamándose a engaño, ha ido encontrando menos escándalo en mis avisos, y las ilusiones que yo nunca me hice son muchos los que han dejado de hacérselas. Esto explica que el público se vaya reconciliando conmigo y que un grupo de amigos fieles, pese a no pensar como yo y, lo que es más notable, pese a ser también escritores, me hayan tributado en el barrio que me vio nacer, que es el barrio de Triana, un homenaje que bien vale una obra literaria.

    Gracias a ellos me he vuelto a sentir profeta en mi tierra, como en los tiempos en que era peregrino en mi patria.

 

Han pasado años desde entonces y, la verdad sea dicha, no me puedo quejar de mi suerte en la perseverancia en una afición, o una vocación, tan llena de altibajos como es la del cultivo de la amena literatura. Yo soy además como el reloj de sol, que sólo cuenta las horas luminosas, y en ese sentido en mi memoria, que es todo lo opuesto a esa rencorosa y guerracivilista “memoria histórica” que yo llamo memoria senil, sólo están presentes los muchos favores recibidos de mi ciudad natal desde que a los veinte años pisaba por vez primera el ruedo literario.

 

 

 

 

 

abril 7, 2018

Visita a Arcos de la Frontera

Desde el Mirador de Abades de Arcos de la Frontera.

Salimos de la barriada Ntra. Sra. de la Oliva con tiempo inestable, pero cuando pasamos el Cruce de las Cabezas, empezaron a abrirse claros… No cabe duda de que nuestro Patrón San Roque nos protege. El autobús nos dejó en la Plaza de España de Arcos de la Frontera, y comenzamos a subir la empinada calle Corredera y luego la Cuesta de Belén. Allí entramos en la Oficina de Turismo para recoger un plano de la zona monumental de la ciudad; continuamos por el Callejón de las Monjas, donde pudimos contemplar el exterior de la Basílica Menor de Santa María de la Asunción, que se levanta sobre los restos de una mezquita árabe, y de allí fuimos hasta la Plaza del Cabildo, donde se encuentra el Mirador, que está a 230 metros de altura sobre el nivel del mar y desde el cual se puede contemplar el valle del río Guadalete. Desde este lugar, nos dispersamos en grupos para que cada cual viese lo que más le gustase. Nos impresionaron la silueta del Castillo Ducal, las exposiciones del Palacio del Mayorazgo, con su cuidado Jardín Andalusí, y la iglesia de San Pedro con su torre-fachada de estilo barroco. Después nos acercamos hasta el Mirador de Abades, desde donde se contempla el embalse de Arcos de la Frontera, donde han construido una coqueta playa artificial. Retornamos por los vericuetos callejones para ver las portadas de las antiguas Casas Palacio (Núñez de Prado, Juan de Cuenca y Farfán de los Godos, Virués de Segovia e Hiestal…). Almorzamos comidas típicas del lugar y luego bajamos hasta la Plaza de España, donde nos ofrecieron una degustación de los famosos quesos “Payoyo”. Tras comprar miel, queso y longanizas de la zona, regresamos a Sevilla, como dice la canción, “cansados pero contentos”.

Desde el Mirador de la Plaza del Cabildo de Arcos de la Frontera.

Miembros de la Vocalía “Los de San Bernardo”.

Los arcos de Arcos de la Frontera.

El recoleto Jardín Andalusí.

Vista desde el Mirador de la Plaza del Cabildo.

 

abril 4, 2018

El árbol de la lluvia chino

Plantación de un árbol de la lluvia chino en el Parque José Celestino Mutis.

El árbol de la lluvia chino, podría decirse que es primo hermano del jabonero de China, pero que al contrario que este último, está poco representado en Sevilla. Sabemos que hay un ejemplar en el Jardín Americano de la EXPO`92 (plantado por error, ya que no es originario de América) y otro, que plantamos nosotros en el Parque José Celestino Mutis el 16 de junio de 2017, con motivo del XX Aniversario de la apertura al público de este parque. El nombre científico de este árbol es Koelreuteria bipinnata Franch. y pertenece a la familia de las Sapindáceas. Es originario de China, concretamente de la provincia costera de Cantón. Su crecimiento se podría calificar como rápido y su longevidad como media, ya que vive entre 80 y 140 años; por otra parte, se podría considerar como de talla media, ya solo alcanza una altura de 12 m en condiciones óptimas. Su copa es más o menos redonda y está formada por ramas rugosas; su tronco es bastante recto y su corteza, de color marrón grisáceo, es delgada y con fisuras. Este árbol aguanta muy bien los suelos pobres, también los largos períodos de sequía y los temporales de frío hasta -10ºC; aunque debe protegerse de los fuertes vientos en sus primeros años de vida; sin embargo, esta especie requiere más cuidado que su hermana  la “paniculata”. El árbol de la lluvia chino se desarrolla muy bien cuando está plantado en lugares soleados.

Sus hojas, que llegan a medir hasta 50 cm de longitud, son caducas, alternas y compuestas bipinnadas, y disponen de entre 7 y 12 pinnas, cada una de las cuales tiene de 4 a 8 pares de folíolos; estos son casi siempre alternos, casi sésiles, miden unos 5 cm de longitud y 3 cm de ancho, con la base casi redonda, aunque algo oblicua y con los bordes levemente serrados o enteros; los brotes primaverales son de un bronceado brillante, luego toman un color verde oscuro y en otoño se tornan en un atractivo color amarillento.

Sus flores, de color amarillo, son fragantes y pequeñas (tan solo miden 1 cm de diámetro) y brotan en grandes panículas ramificadas de unos 30 cm de largo. Su cáliz está compuesto por 5 sépalos más o menos triangulares; la corola está formada por 4 pétalos lanceolados de 6 a 9 mm de largo, con una macha roja en la base; cada flor dispone de 8 estambres erectos con filamentos que miden unos 5 mm de largo. En Sevilla, este árbol florece en el mes de junio.

Sus frutos son trisegmentados, o sea, que están formados por tres costillas soldadas que tienen forma de farolillos chinos. De color rosado, suelen medir unos 5 cm de largo por 3 de ancho, y están dispuestos en racimos. En su interior cada fruto contiene de 2 a 4 semillas de color negro, que son de consistencia dura y miden de 5 a 6 mm de diámetro.

Las hojas del árbol de la lluvia chino.

Las flores del árbol de la lluvia chino.

Los frutos del árbol de la lluvia chino.

Tronco del árbol de la lluvia chino.