Posts tagged ‘Aquilino Duque’

abril 13, 2018

Aquilino Duque en el homenaje que recibió en el Ateneo de Sevilla

Aquilino Duque en la calle Betis de Triana, junto la casa donde nació.

Aquilino  Duque nos ha acompañado en numerosas actividades medioambientales que ha realizado nuestra asociación, la última en el Jardín Botánico El Carambolo.

He aquí su intervención en el homenaje que ha recibido en el Ateneo de Sevilla.

LA DESCENTRALIZACIÓN DE LA CULTURA

En las postrimerías del régimen anterior, cuando yo vivía en Roma, ya se agitaban los demonios familiares de la nación española, y tuve ocasión de escribir que la descentralización era una necesidad y el separatismo una necedad. No recuerdo si esto lo publiqué en Madrid o en  Barcelona, aunque me parece más verosímil lo primero, ya que en la gran revista barcelonesa Destino no se cortaban a la hora de “editarme”, como dicen los hipócritas de los anglosajones, frases que apuntaban al mismo fin como, por ejemplo: “No hagamos la andaluzada de caer en la catalanada que es la forma peor de la españolada.”  A lo que voy es que, aunque mis colaboraciones fueran a parar con preferencia a los dos polos culturales de la España de entonces, yo tenía el firme propósito, que la concesión del Premio Nacional de Literatura me ayudó a poner en práctica, de repatriarme, pero no a cualquiera de aquellas dos grandes ciudades donde un aspirante a escritor podía y solía hacer carrera, sino a mi ciudad natal, pues estimaba que así contribuía además a la descentralización de la cultura.  Uno de los efectos secundarios de aquel Premio Nacional fue el de que la Universidad me diera un puestecito en su Servicio de Publicaciones, como asesor literario de su Colección de Bolsillo.  Mi mayor afán fue, no sólo rescatar y destacar lo más valioso de la ciudad y la región en el cultivo de la literatura, sino de situarlo en el marco de la literatura española y de ser posible de la literatura hispánica.  Así, cuando la Colección de Bolsillo convocó un concurso para un premio de ensayo, yo insistí que  figurasen  en el jurado dos críticos nacionales a quienes conocía bien: José Luis Cano, por Madrid; y Juan Ramón Masoliver, por Barcelona.

El día que llegó José Luis Cano fui a esperarlo al aeropuerto de San Pablo, donde también  lo esperaban dos jóvenes, a quienes hice subir al auto y deposité en La Pasarela.  Estos dos jóvenes eran Abelardo Linares y Fernando Ortiz.  No tardaría mucho en comprobar que ellos, mucho más jóvenes que yo, compartían lo esencial de mi idea. Ambos habían vuelto de Madrid, uno sin concluir sus estudios universitarios y otro mediante traslado administrativo de los medios de difusión en que era funcionario de plantilla.  Muy unidos en aquellos días, habían dedicado un espléndido libro de homenaje al poeta valenciano Juan Gil Albert, repatriado de Méjico en la primera mitad de los años 50.  Muchas cosas nos separaban, además de la edad; en primer lugar los dos eran bibliófilos compulsivos y además no ocultaban su entusiasmo juvenil por el nuevo orden de cosas que se inauguraba con el cambio de régimen.  Yo nada sabía de ellos hasta entonces. Ellos en cambio me seguían en mis artículos de Destino y de La Estafeta Literaria en los que, a pesar de la censura, no la del Régimen, sino la mucho más cercana y eficaz de los directores y consejos de redacción de estas revistas, yo me batía ya con la encefalitis de las ideologías que se estaban imponiendo en el último tranco del Régimen.  Ya aludí a los recortes y rechazos barceloneses, pero también mis amigos madrileños me rechazaron en La Estafeta Literaria, vinculada al Ateneo y al Ministerio de Información y Turismo, un artículo sobre el Orwell de Rebelión en la granja titulado Sub specie porcina y que luego recogería en mi libro La idiotez de la inteligencia.  Aun así, como mi campo era el de la cultura, pude en él expresarme aun a riesgo de alarmar a muchos lectores que me seguían desde los tiempos en que yo no parecía tan reaccionario.  La frase  censurada en Destino era el epifonema por así decir de mi réplica a un artículo de un andalucismo furibundo perpetrado al alimón por dos amigos míos, el inefable José Luis Ortiz de Lanzagorta y el jesuita Carlos Muñiz Romero, en el que se decía entre otras lindezas que los andaluces teníamos que hacer como los negros americanos con sus barrios: pegarles fuego para que Madrid se enterara y atendiera nuestras reivindicaciones.

Nada de esto me arredraba en mis propósitos de volver a España, pero también sabía muy bien lo que me esperaba. Aun así, no dejé de llevarme sorpresas. La primera, que las personas que me acogieron en la Universidad, las autoridades académicas de entonces, que creían vivir en el mejor de los mundos, no compartían mis temores por las convulsiones que se avecinaban; la segunda, que se me acercara con interés y simpatía gente más joven que en esas convulsiones cifraban grandes esperanzas.

Me importa muy mucho destacar que esta gente joven que se me acercaba no tenía nada que ver con la turbamulta de plumíferos que se hacían la ilusión de que camparían a sus anchas en la nueva autonomía sin tener que revalidar su alternativa en Madrid, como los toreros.  Esto lo pude comprobar en el  congreso nacional de poesía celebrado en 1979 en Almería al que me arrastró Fernando Ortiz, en el que rapsodas, copleros y versificadores para andar por casa exigían en sus parlamentos  que las flamantes instituciones autonómicas les prestaran el apoyo y la promoción que les había negado el centralismo.  Yo nunca había estado en los congresos de poesía del régimen anterior, que sólo conocía de referencias, así que no podía comparar, pero si aquello se parecía a algo debía de ser al célebre Congreso de Intelectuales Antifascistas del 37 en Valencia, en el que tampoco estuve pero del que había leído bastante.  Este Congreso de Almería se hallaba bajo el patrocinio de S. M. la reina, y en el banquete final, a la hora de los discursos, estuve tentado de hacer lo que en mis tiempos de estudiante se hacía en Inglaterra, a saber, golpear un vaso con un cuchillo, ponerse de pie con una copa en la mano y decir: Gentlemen, the Queen!  Habría sido una imprudencia temeraria.

El volumen de homenaje a Gil Albert fue el número 1 de la revista Calle del Aire, y no faltó quien reprochara a Linares y Ortiz que el primer poeta al que homenajeaban no fuera sevillano, sino valenciano.  Poco después, iniciaban una colección de poesía con el mismo título, y Fernando me pidió que la encabezara yo. Le di el libro de poesía inédito posiblemente más explícito ideológicamente de todos los míos hasta la fecha, titulado en homenaje a Lorca Aire de Roma andaluza y con una cita, en homenaje a Antonio Machado, de su célebre comentario El regionalismo de Juan de Mairena. Fernando sabía muy bien, y me lo dijo, que si la colección se iniciaba con el libro que yo le di, su fracaso estaba garantizado, y él se dio traza y modo de conseguir de doña Carmen Balcells la autorización para publicar un panfleto de Alberti titulado Los cinco destacagados, integrado por cinco defecaciones líricas sobre otros tantos dictadores americanos puestos en el ojo con el que Evita Perón miraba según Foxá la España que vino a visitar.

Los dos primeros números de la colección, a saber, el de Alberti y el mío, salieron casi simultáneamente y, como quiera que yo tenía que ir a Roma, me llevé ejemplares de ambos para la librería española La Sorgente, en la via Monserrato, regentada por unas religiosas amigas de Rafael, vecino suyo en sus primeros años romanos, y a las que alude como “monjas disfrazadas” en su Roma, peligro para caminantes. También yo me hice amigo de ellas, como parroquiano que fui de la librería en aquellos años.  En el ejemplar del de Alberti, metí un soneto satírico alusivo al librito, que decía lo siguiente:

De ésta, maestro, te has destacagado.

Has obrado, y has hecho un monumento;

obra, que al obrar tú, cobra incremento,

por ser, como es, materia de excusado.

Obra de dictador es excremento,

y eres su obrero al amasar lo obrado.

De eso sabes lo tuyo, que les ha dado

a Stalin más de buen baño de asiento.

 Obra otra vez, maestro, con más tino,

pues es sabido que la cosa obrada

chorrea sobre sí si se hace el pino.

 No sé si has reparado, camarada,

en que al obrar decúbito supino

recae sobre ti la morterada.

 

Este soneto, del que metí una copia en cada ejemplar, debió de circular por la Urbe, porque no tardé en verlo aludido tan indignada como veladamente en una tercera de ABC por Terenci Moix.

El número 2, o sea el mío, se presentó en Sevilla en la librería Padilla, sita en la calle Laraña, y presidió el acto Alfonso Lazo en nombre de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, que subvencionaba la colección.  El texto, con el título de Aire de Roma en la calle del Aire, intenté en vano publicarlo en el flamante periódico madrileño EL País. Creo que vale la pena reproducirlo.

Hay poetas que escriben para todos y poetas que escriben para ellos solos. Hay poetas, como nuestro Otero, que hablan para una inmensa mayoría, y otros, como Horacio, no menos nuestro, que odian al vulgo profano.  Aunque a mí el vulgo no me inspira odio, sino compasión, prefiero contarme entre las filas de Horacio, por más que de la grey de Epicuro me tenga a una prudente distancia, no por Epicuro, sino por la grey. El punto de partida de la poesía es, para mí, un ensimismamiento; el poeta está situado en su torre, que no tiene porqué ser de marfil – puede ser muy bien de cal y canto – y allí ·divinamente solo – como dice Cernuda – sube su canto puro a las estrellas”.  Pero a veces la vida le tienta con sus verdes racimos y hace sus salidas y expediciones que por unos momentos o unas horas le hacen perder su divina soledad, y en cuyo curso descubre que el canto que creyó destinado exclusivamente a las estrellas ha sido escuchado también por los hombres, por algunos hombres. Aunque esa torre de Dios que es el poeta se justifique por sí misma, es grato comprobar que esas expediciones o salidas del poeta de su celeste pararrayos también tienen su justificación o su compensación. Por muy ensimismado o solipsista que sea el poeta, siempre piensa en el prójimo, si no a la hora de escribir, a la hora de publicar.  Yo debo decir, y ahí está mi obra buena o mala para probarlo, que siempre he pensado en el prójimo más de lo que el prójimo ha pensado en mí; no soy en esto ninguna excepción entre los poetas de un país donde los que escribimos poesía superamos numéricamente a los que la leen.

En vísperas de una campaña electoral, el delegado de uno de los partidos en liza me propuso figurar en su lista de candidatos.  Dije que no por varias razones, una de ellas puramente aritmética. A juzgar por las liquidaciones de mis libros, a mí no me leen en España arriba de tres mil personas, o cuatro mil, tirando muy por lo alto e incluyendo a los que me lean de gorra, arriba de tres mil personas, o cuatro mil, tirando muy por lo alto e incluyendo a los que me lean de gorra.  Y si esos son mis lectores, no muchos más serían mis electores. Ya sé que algo de esto podría haberlo pensado don Manuel Azaña que, como avisaba Unamuno, era también un escritor sin lectores. Sin embargo de ello, Azaña, lo que son las cosas, cosechó con la política los sufragios que le había negado la literatura. No caeré yo ciertamente en la tentación de Azaña, pues prefiero estar solo entre pocos lectores que mal acompañado entre muchos electores. No vea pues España en mí un peligro público, pero no me niegue el derecho a reflexionar sobre sus hábitos de lectura y de hacer llegar mis reflexiones a los tres o cuatro mil conciudadanos que me hacen el honor de leerme.

     Tal vez exagere al llamar “conciudadanos” a esos tres o cuatro mil lectores de habla española, pues algunos de ellos deben de ser naturales de las repúblicas de Ultramar; los que sí exageran son los editores sevillanos de este mi último libro de versos al calcular que, en Sevilla sólo, me van a leer unas quinientas almas.  No es que en España se lea mucho, pero en Andalucía se lee mucho menos.  En un pasado más o menos próximo cabía achacar este fenómeno al pertinaz analfabetismo, pero ahora que ese analfabetismo ha desaparecido virtualmente al venir el espíritu de la Democracia sobre el sagrado colegio apostólico, vemos que lo único pertinaz de nuestro pueblo es el horror al libro.  A mi modo de ver, este horror al libro no es más que una variante del clásico horror al árbol; quien odia al árbol como aquí se le odia, no tiene más remedio que odiar sus hojas, máxime si están impresas, u odiar sus frutos, máxime si están encuadernados.  Por eso, del mismo modo que hago mía la máxima evangélica de que hay que ir al árbol por sus frutos, sostengo que la cultura es ante todo una cuestión de arboricultura.

    Sevilla es una ciudad donde siempre han tenido más suerte las macetas que los árboles, pues por algo somos españoles y lo que es de todos nos importa un rábano.  De esto cabe inferir  que, invirtiendo los términos, como la poesía nos importa un rábano, debe de ser cosa de todos.  Así será, pero la segunda parte es que lo que es de todos, es porque no lo quiere nadie.

    Convencido de que nadie quiere mis versos, no tenía intención de seguir publicando, y si he vuelto a hacerlo ha sido, no “a requerimiento de los amigos”, como se dice ritualmente, sino a requerimiento de un amigo que se llama Fernando Ortiz y es además un espléndido poeta que out of thin air, como diría Shakespeare, de sire fino, ha abierto una calle en el aire de Sevilla.  Por esa calle del aire quiso Fernando Ortiz que fuera yo el primero en pasar, aunque luego, habida cuenta de la polución ambiente, resolvimos de mutuo acuerdo que era mejor que me precediera un poeta de más peso, que en efectó pasó, pero en cuclillas.

     La calle del Aire de Sevilla desemboca en las columnas truncas de un templo romano, y por eso de la poesía de Cernuda, que vivió en ella, decía Romero Murube que nacía de una grieta de aire y unos mármoles clásicos. Allí, en una primavera delgada, debió Cernuda de encontrarle al aire su perfil y quién sabe si al pasar por ella y salir a la calle Mármoles encontró Lorca aquella maravillosa imagen – Aire de Roma andaluza – que dora la cabeza de la Hispania romana en la portada de mi libro.

    Nunca me ha convencido del todo el dicho de Hölderlin ¿Para qué poetas en tiempo de miseria?, y no me ha convencido porque para el poeta todos los tiempos son míseros, y lo son, porque los tiempos históricos transcurren en olor de multitudes mientras el tiempo del poeta discurre por una cresta egregia donde se ve todo antes, más lejos y más claro.  Desde esa elevación divisa el poeta, entre otras cosas, el infinito en que se juntan las irreconciliables paralelas del presente.  Tal vez los tiempos más míseros de todos sean aquellos que Ortega llama disyuntivos o polémicos, en los que el vulgo sigue por esas paralelas irreconciliables a quienes, como dice el Evangelio de San Marcos, creen, suponen o imaginan mandar a los pueblos.  Precisamente en estos tiempos es cuando más falta hacen los poetas, pero no los poetas que se igualan a cero, sino los poetas que tienden al infinito.

Una de las muchas iniciativas de Fernando Ortiz fue la de hacerme un homenaje con motivo de mi ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, homenaje a los que se sumaron antiguos amigos como Bernardo Víctor Carande, que ofreció el acto, y otros muchos entre los que quiero mencionar muy en especial a la familia de José de las Cuevas, con éste a su cabeza. Lo que dije en  tal ocasión describe mejor que ninguna evocación de memoria, cómo reaccionó al estado de cosas de la patria y la ciudad alguien como yo que se consideraba “peregrino en su patria y profeta en su tierra”.

Cuando yo vivía en el extranjero y venía por Sevilla, cosa que siempre hacía al menos una vez al año, como quien cumple con la Santa Madre Iglesia, mi llegada era, para mis paisanos cultos, un pequeño acontecimiento; para mí, una gran fiesta. Los periódicos se apresuraban a entrevistarme; las emisoras me dedicaban sus tertulias, y los intelectuales de la plaza me organizaban almuerzos de confraternización.  Yo nunca tuve quejas de Sevilla. Siendo como es una ciudad donde el vicio de leer es más bien venial, ha tenido repetidamente la fineza de recompensar mis trabajos en el campo de la amena literatura. En tiempos ya remotos me premió el Excmo. Ayuntamiento; más tarde me premiaría la Excma. Diputación y, cuando por fin resolvía poner término a mi residencia en otras tierras, me dio un empleo la Universidad.

Me figuro que por entonces, más que por mí, se me festejaba por mi circunstancia. Yo que era, durante casi todo el año, un sevillano en Roma, venía a ser durante unos días un romano en Sevilla. Estoy seguro de que si en aquel tiempo me presento en la Macarena diciendo, como San Pablo, civis romanus sum, me hacen por lo menos decurión de su célebre centuria.

De todos modos, a los pocos meses de mi regreso definitivo, o cuasi, de la Urbe, era nombrado por la emisora de Radio Sevilla sevillano del año por el renglón de literatura, y no mucho después, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras se manifestaba dispuesta a elegirme individuo de número.

Queda, pues, demostrado que, aunque quisiera, no podría tener quejas de Sevilla, lo cual no quiere decir que Sevilla no las tenga, o las haya tenido, de mí.  En estos años de repatriación de intelectuales se ha podido comprobar en España que a muchos les favorecía la distancia; quedaban más bonitos vistos de lejos.  Si esto les ha pasado a los intelectuales que volvieron aprovechando la marea política, no veo por qué no había de pasarme a mí, que volví contra corriente. Mi presencia en Sevilla no era ya la del peregrino en su patria, sino la del profeta en su tierra. A esto hay que agregar el retroceso de la convivencia ciudadana a un estado de radicales animosidades políticas implantado en nombre – ¡oh, paradoja!- de la “reconciliación nacional”.  En tales circunstancias era inevitable ser profeta, y yo lo fui por dos razones, una, esencial, la de ser poeta, ser vate, cuyo oficio es hacer vaticinios; otra, accidental, la de haber vivido en Italia, donde había presenciado con todo detalle el lamentable proceso que una clase política sin imaginación se disponía a imitar puntualmente en España. Ser poeta es fácil cuando se viene del futuro; del futuro decía venir el profeta Solyenitsin en aquella aparición televisiva que tanto revuelo de plumas levantó en nuestro averío intelectual; pero el futuro del que venía él, y contra el que ponía en guardia a los españoles, era el futuro perfecto de la democracia real, mientras que el futuro del que yo venía era nada más que el futuro imperfecto de la democracia formal.

La Sevilla leyente y escribiente, que había acudido como un solo hombre – o una sola mujer – a la presentación de un libro mío a poco de volver yo a ella, fue dejando de asistir a ocasiones semejantes; los periódicos que antes me pedían que hablara sobre lo que pensaba escribir, no se dignaban ahora reseñar lo que había efectivamente escrito; la Universidad, por último, resolvía suspenderme de sueldo, aunque no de empleo, para que de empleo me suspendiera yo mismo, “a petición propia”, según la fórmula que edulcoró los ceses políticos y administrativos en los primeros pasos de la llamada Transición.  Uno de los personajes dramáticos de más fuerza en el teatro de García Lorca es el de Pepe el Romano de La casa de Bernarda Alba, y esa fuerza le viene de que no aparece en toda la obra. Algo de eso es lo que a mí me pasaba en Sevilla. Yo fui el Pepe el Romano mientras estaba en Roma, pero así que se me ocurrió aparecer en escena, dejé de ser un señor que venía de Roma y pasé a ser un tío que paraba en Bormujos.

Es evidente que Sevilla tenía quejas de mí aunque, repito, yo no las tuviera de ella. Esas quejas que Sevilla pudiera tener de mí, probablemente las tenía el resto de España, o al menos aquella parte de España que tiene noticia de los españoles que nos dedicamos a escribir. Un pueblo que se hace ilusiones no tolera los aguafiestas, pero los que menos los toleran de todos son los que piensan medrar a costa de las ilusiones del pueblo. Ilusionar al pueblo es legítimo, siempre que se haga de buena fe, pero la clase de ilusiones a las que siempre me opuse, me opongo y me opondré son aquellas que sólo fomentan la mala fe o la ignorancia. Algunos se han escandalizado porque he dicho que nuestros políticos son unos ignorantes, y aquí se ve que lo que hecho es aplicarles el beneficio de la duda.  El pueblo, en cambio, ya sabe tanto como yo sabía en 1975, y cada vez va a ser más difícil la tarea de los que viven de engañarlo.

     Los reyes de armas de ahora deben de andar cavilosos a la hora de diseñar los escudos de algunos nuevos títulos nobiliarios, pues los nombres de los ennoblecidos no son como para estimular la imaginación. Yo les sugeriría que aprovechen la coyuntura y enriquezcan la fauna heráldica, no con un animal fantástico como el basilisco o el unicornio, o aristocrático como el águila o el león, sino con un bicho más corriente como, por ejemplo, el camaleón, que es una especie de basilisco para pobres.  El camaleón es un animal igualitario por excelencia, pues, como el ladrón, piensa que todos son de su condición y, claro, algunos de estos camaleones me tomaron a mí por otro camaleón más, pero no de los que cambian de color, sino de los que se alimentan de aire.

     Mi primera tentación fue coger carretera y manta y quedarme en el extranjero más tiempo del que suelo estar habitualmente; la segunda, la de editarme mis propios escritos.  En esto tuve presente dos polos de referencia, alejados entre sí en el espacio y en el tiempo.  Uno de ellos, el más remoto, el de Karl Kraus que, en desacuerdo con las páginas culturales de los grandes diarios vieneses, sacó un periódico, Die Fackel,  que se escribía él solo de la cruz a la fecha.  El otro, el más próximo, el de Bernardo Víctor Carande con su Boletín de información personal de un hombre que vive en el campo. A imitación suya, yo pensé publicar a mi vez un Boletín de información personal de un hombre que vive en Europa, y el que hasta ahora aún no la haya hecho no quiere decir que no lo haga algún día.

     Si no he sucumbido a estas tentaciones es porque, después de todo, ni Sevilla ni España me han dejado.  Según el pueblo español, o aquella parte de él que lee, ha ido llamándose a engaño, ha ido encontrando menos escándalo en mis avisos, y las ilusiones que yo nunca me hice son muchos los que han dejado de hacérselas. Esto explica que el público se vaya reconciliando conmigo y que un grupo de amigos fieles, pese a no pensar como yo y, lo que es más notable, pese a ser también escritores, me hayan tributado en el barrio que me vio nacer, que es el barrio de Triana, un homenaje que bien vale una obra literaria.

    Gracias a ellos me he vuelto a sentir profeta en mi tierra, como en los tiempos en que era peregrino en mi patria.

 

Han pasado años desde entonces y, la verdad sea dicha, no me puedo quejar de mi suerte en la perseverancia en una afición, o una vocación, tan llena de altibajos como es la del cultivo de la amena literatura. Yo soy además como el reloj de sol, que sólo cuenta las horas luminosas, y en ese sentido en mi memoria, que es todo lo opuesto a esa rencorosa y guerracivilista “memoria histórica” que yo llamo memoria senil, sólo están presentes los muchos favores recibidos de mi ciudad natal desde que a los veinte años pisaba por vez primera el ruedo literario.

 

 

 

 

 

Anuncios
marzo 21, 2018

Plantación de un carambolo en el Arboreto de El Carambolo

Jardín Botánico El Carambolo.

Acordamos con Ana Basanta que el día 21 de marzo, con motivo de la entrada de la primavera, plantaríamos un árbol exótico para incrementar el contenido botánico del Arboreto de El Carambolo. Nos acompañaron miembros de la Plataforma Ciudadana por los Parques, los Jardines y el Paisaje de Sevilla, de la Asociación de Mujeres “Giralda” y de la Asociación Cultural El Anaquel del Pinsapo, y presidieron el acto el concejal delegado del Distrito Sur, Joaquín L. Castillo Sempere, y Miriam Amaya en representación de EMASESA.

Tuvimos la suerte de contar con José Elías, que fue técnico de Parques y Jardines durante varias décadas y que nos enseñó las plantas culinarias, aromáticas y medicinales, así como las especies de árboles y arbustos que contiene este jardín botánico.

El acto de plantación comenzó a las doce, y aprovechamos que los alumnos del colegio Reina Fabiola estaban de visita y los invitamos para que nos acompañaran en la plantación. Con sumo cuidado, Luis Manuel Guerra sacó el cepellón del árbol carambolo, que habíamos traído desde nuestro vivero en la barriada Ntra. Sra. de  la Oliva, y lo colocó en el hoyo preparado para tal fin. Luego, los niños fueron echando una palada de tierra cada uno, y posteriormente continuaron los adultos. Una vez plantado el carambolo, Jacinto Martínez, presidente de la Asociación Amigos de los Jardines de la Oliva, recitó, como viene siendo tradicional en las plantaciones que realizamos, el poema “Dice el árbol”, de Manuel Benítez Carrasco.

Estas son las características del árbol que hemos plantado:

El carambolo

El nombre científico de este árbol frutal es Averrhoa carambola L. y pertenece a la familia de las Oxalidáceas. Es originario del sureste de Asia, posiblemente del estado malayo de Selangor que baña el estrecho de Malaca, donde los carambolos son de gran tamaño; posteriormente, su cultivo se extendió a la antigua Indochina, a las islas Molucas y a Ceilán. Es un árbol de crecimiento lento y por lo general no suele superar los 9 m de altura. Su copa tiene una silueta algo irregular pero con tendencia a redondearse y está formada por numerosas ramificaciones finas y flexibles. Su tronco es corto, normalmente torcido, y su corteza es bastante lisa aunque finamente fisurada. Su gran enemigo son las heladas.

Sus hojas miden de 10 a 18 cm de longitud y son perennes, alternas, pecioladas, compuestas e imparipinadas (que terminan en un folíolo, o sea que el número de folíolos es impar); el raquis es triangular y algo más ancho en la base y sobre él tiene insertados de 9 a 15 folíolos que tienen los márgenes enteros, miden de 3 a 8 cm de longitud y son de forma ovalada pero con un pequeño ápice acuminado.

Sus flores son pequeñas y completas. Suelen abrir gradualmente en las primeras horas de la mañana y se pliegan al atardecer. Su inflorescencia se presenta en forma de panículas que por lo general emergen de las axilas de las ramas viejas; sus vistosos pedúnculos de color granate miden 1 cm de largo. Su cáliz está formado por 5 sépalos rectos, algo desiguales y de color rojo oscuro, que están imbricados en el botón y miden entre 2,5 y 3,5 mm de longitud; su corola está formada por 5 pétalos libres de color violeta con matices rojizos y los bordes blanquecinos; cada flor dispone de 5 estambres fértiles y 5 estaminodios (estos son estériles, o sea, que no producen polen) más cortos; el estigma es bilobado.

Sus frutos son bayas muy curiosas que crecen en racimos, miden de 8 a 12 cm de largo y presentan por lo general cinco costillas o estrías prominentes en el sentido longitudinal. Su piel es fina, de color amarillo claro, y su pulpa transparente y jugosa  tiene un sabor agridulce. Si se corta en rodajas,  estas forman decorativas estrellas de cinco puntas. Cada fruto suele contener en su interior un máximo de 12 semillas planas y delgadas, de color marrón y de entre 6 y 12 mm de largo.

Jacinto Martínez Gálvez

Un recuerdo de la plantación.

El concejal del Distrito Sur colaborando en la plantación.

Con nuestro amigo Aquilino Duque, premio Nacional de Literatura.

 

junio 20, 2017

Conferencia y plantación de un árbol en el Jardín Americano

El arquitecto paisajista Ricardo Librero López preparando la conferencia.

La Asociación de Ciudadanos por el Medio Ambiente ha organizado un programa de actividades para conmemorar el XXV Aniversario de la EXPO´92.

En el Aula Bioclimática del Jardín Americano, con la asistencia de numeroso público, el prestigioso arquitecto paisajista sevillano Ricardo Librero López impartió una magistral conferencia sobre la construcción del Jardín Americano, hoy abandonado a su suerte.

El señor Librero hizo una exposición cronológica de su labor, explicando con detalle y a través de planos todas las vicisitudes de su construcción.

Posteriormente, se plantó en el Jardín Americano una casia de Buenos Aires (Senna corymbosa (Lam.) H.S. Irwin & Barneby) procedente del vivero de nuestra asociación, que incrementará su contenido botánico.

El magnífico archivo documental que expuso el ponente Ricardo Librero.

El escritor y poeta Aquilino Duque, colaborando en la plantación de la casia de Buenos Aires.

julio 23, 2013

Homenaje de Triana al poeta Aquilino Duque

Aquilino Duque y su esposa Sally Crane

Aquilino Duque y su esposa Sally Crane en la puerta de la Iglesia de Santa Ana, antes de comenzar el acto.

Triana ha homenajeado al poeta Aquilino Duque, esposo de nuestra socia Sally Crane. En el marco incomparable de la Iglesia de Santa Ana de Triana, que data del siglo XIII, con su magnífico retablo recién restaurado, tuvo lugar el acto que fue presidido por el Teniente Alcalde de Triana, Curro Pérez Guerrero.  Como maestra de ceremonias actuó Rosa Díaz, pregonera de la “Velá” de Santa Ana, y le acompañaron los poetas Víctor Jiménez, que recitó unos extraordinarios poemas dedicados al barrio de San Bernardo, y el joven Lutgardo García, que se autodefinió como “maletilla de la poesía” y que recitó algunos versos dedicados a Aquilino, por los cuales podemos dar fe de que se trata de un maestro ya consagrado. Posteriormente nos trasladamos hasta el número 64 de la calle Betis, casa natal de Aquilino Duque, donde se descubrió una placa conmemorativa con la fecha de nacimiento del poeta trianero: 6 de enero de 1931.

Iglesia de Santa Ana de Triana

Interior de la iglesia de Santa Ana donde tuvo lugar el acto.

Maceta de cerámica trianera con helecho basto en la Iglesia de Sata Ana de Triana

Maceta de cerámica trianera con helecho basto en el interior de  la Iglesia de Sata Ana de Triana.

Maceta de cerámica trianera con helecho basto en la Iglesia de Sata Ana de Triana

Aquilino Duque y Rosa Díaz descubriendo la placa conmemorativa en la casa natal del poeta: calle Betis 64.

mayo 8, 2013

Homenaje de Sevilla al poeta y escritor Aquilino Duque

Aquilino Duque dándole las gracias a Sevilla

Aquilino Duque dándole las gracias a Sevilla.

De todos los actos programados para homenajear al poeta y escritor sevillano Aquilino Duque hemos querido resaltar el que se ha realizado en los Jardines del Valle, donde se ha colocado un azulejo con el poema “Colegiala del Valle”, remembranzas del adolescente Aquilino a las alumnas del colegio del Valle. Además de sus virtudes literarias y su personal visión de la sociedad, hay que añadir su esmerada sensibilidad medioambiental. Cuántas veces, acompañado de su esposa Sally Crane, estuvo presente en las concentraciones que convocó la Plataforma Ciudadana por los Parques, los Jardines y el Paisaje de Sevilla para evitar la mutilación de los Jardines del Prado.

Ha sido una gran idea celebrar este acto en este recoleto jardín de apenas una hectárea de extensión, limitado por la antigua muralla almohade con sus tres torreones y la Avenida de María Auxiliadora (Ronda Histórica). Sí, un jardín pequeñito pero cargado de historia: allá por el siglo XV fue convento de la orden Franciscana; llegó la desamortización de Mendizábal y fue adquirido por la marquesa de Villanueva, la cual fundó el colegio de las Religiosas del Sagrado Corazón que funcionó hasta mediados del pasado siglo…

Aquilino Duque recitando el poema "Colegiala del Valle"

Aquilino Duque recitando el poema “Colegiala del Valle”.

He aquí un poema de Aquilino Duque:

A.D. 1931

Yo nací, respetadme, con el cine sonoro

y ahora, francamente, prefiero el cine mudo.

Las palabras estorban y el silencio es de oro

y si llega la noche que me encuentre desnudo.

Es la hora del coro

de las ranas; es la hora del grillo.

Se oye un tañido de campana,

el golpe contra el yunque de un martillo.

Yo nací junto a un cine de verano en Triana

entre fraguas y alfares.

Lo primero que vi fue la Torre del Oro,

luego una ermita entre encinares

y una linterna mágica y una cámara oscura.

El rey salía huyendo por el Campo del Moro

a buscar en Italia su ventura.

Yo nací, respetadme, con el cine sonoro.

El poema "Colegiala del Valle" con una errata, en el lugar de curva...es cuna.

El poema “Colegiala del Valle”, con una errata: en lugar de “curva”… es “cuna”.

Antes de comenzar el acto...al fondo la muralla almohade...

Aquilino Duque, antes de comenzar el acto. Al fondo, la muralla almohade.

enero 28, 2012

Plantación de un árbol en Bormujos

Un foto para el recuerdo: la plantación del lapacho rosado en casa de Sally Crane.

Una representación de la Junta Directiva de la Asociación Amigos de los Jardines de la Oliva y de la Plataforma Ciudadana por los Parques y Jardines de Sevilla nos desplazamos hasta la casa del escritor Aquilino Duque y de su esposa Sally Crane para disfrutar de una jornada de convivencia medioambiental en la que, además de degustar una exquisita paella mixta, tuvimos el placer de escuchar las anécdotas del poeta, ensayista y novelista Aquilino Duque.   Finalmente, plantamos entre todos un lapacho rosado (Tabebuia impetiginosa (Mart. ex DC) Standl.) del que hemos cuidado durante cinco años en el vivero de la Oliva y cuyas semillas fueron recolectadas en el Jardín Americano de la EXPO´92.

Aquilino Duque ha donado a nuestra Asociación un libro titulado Reloj de arena (Antología poética, 1950-2009), en el que hay un poema biográfico (página 122) que dice así:

A.D. 1931

Yo nací, respetadme, con el cine sonoro
y ahora, francamente, prefiero el cine mudo.
Las palabras estorban y el silencio es de oro
y si llega la noche que me encuentre desnudo.
Es la hora de coro
de las ranas; es la hora del grillo.
Se oye un tañido de campana,
el golpe contra el yunque de un martillo.
Yo nací junto a un cine de verano en Triana
entre fraguas y alfares.
Lo primero que vi fue la Torre del Oro,
luego una ermita entre encinares
y una linterna mágica y una cámara oscura.
El rey salía huyendo por el Campo del Moro
a buscar en Italia su ventura.
Yo nací, respetadme, con el cine sonoro.

Aquilino Duque consiguió el Premio Nacional de Literatura de España en el año 1975. Sería de justicia que recibiera un homenaje de Sevilla y se colocara un azulejo en la fachada de la casa donde nació, en la trianera calle Betis.

Aquilino Duque, sevillano de Triana.

Las directivas de nuestra asociación cocinando la paella.

La apertura del hoyo antes de la plantación.

Sally Crane quitando las raíces que estorbaban para plantar el lapacho rosado.

Otro momento de la plantación del lapacho rosado.